
En su libro Raving, McKenzie Wark propone algo que todos los que pasamos horas frente a un parlante intuimos: la rave no es solo una fiesta, sino una forma de habitar el tiempo. Es un intento de poner en palabras esa sensación que aparece cuando el cuerpo se rinde al ritmo y el mundo, por un momento, parece tener otra lógica.
Wark se pregunta, y nos obliga a preguntarnos, quién baila y por qué. ¿Qué significa movernos cuando el mundo parece arder, cuando el futuro se estrecha y la incertidumbre es la norma? La autora volvió a bailar después de años de distancia, justo antes de que la pandemia nos cortara el retorno. Para ella, y para muchxs, la rave ya no es la utopía noventosa que prometía resistencia, espiritualidad y comunidad. Hoy es más un espacio estético, un pliegue raro donde el presente se vuelve habitable.
En una rave, si todo sale bien, que suele ser lo normal, el tiempo deja de ser lineal. No corre: pulsa. Se expande, se estira, se mezcla con recuerdos y anticipaciones. Wark lo llama un “continuo rave”: todos los momentos conectados por un bombo común. No hacen falta sustancias para sentirlo; alcanza con rendirse, con entrar con intención más que con expectativas. Como un “elegí tu propia aventura” emocional.

Tal vez por eso tantas personas encuentran en la rave un espacio de curación. Wark habla de xeno-euforia: ese bienestar extraño que surge de entregarse a algo colectivo. Perder el yo sin perderse. Suspender la disforia, la ansiedad, los mandatos. Habitar un cuerpo que, por fin, no incomoda.
El aislamiento de 2020 golpeó especialmente a quienes viven el rave como refugio: comunidades negras, queer, trans, migrants. Para muchxs, no era solo “salir”, era existir en un espacio donde el cuerpo deja de ser blanco de vigilancia y vuelve a ser movimiento.
No es casual. El techno, el house y la cultura rave nacieron de comunidades negras y queer en ciudades como Detroit y Chicago, en pleno colapso industrial. La pista fue, desde el inicio, un acto de supervivencia, de creación de mundos posibles con tecnología accesible y creatividad feroz.

Y aunque hoy muchas raves tengan entradas carísimas, sponsors gigantes y promotores que miran más las métricas que la pista, las desigualdades nunca desaparecieron al cruzar la puerta. La vida nocturna sigue marcada por la raza, la clase y qué cuerpos son leídos como “otros”.
La violencia reciente en clubes y fiestas, como los robos dentro de estos eventos, discriminación por vestimenta, o ataques fisicos fuera de los establecimientos, deja claro que la seguridad es siempre relativa. Aun así, seguimos bailando. Porque en medio del humo, las luces y el bajo, aparece algo frágil pero real: un presente que se siente posible.
Porque necesitamos un lugar donde el tiempo deje de apretarnos.
Porque queremos tocar un futuro que tal vez no llegue, pero que en la pista se intuye.
Porque el cuerpo aprende cosas que la mente no puede pensar.
Porque la rave sigue siendo un laboratorio de cómo vivir con otros.
Porque a veces, la única forma de sostenerse es dejarse llevar.
Bailamos porque, por unas horas, eso basta.
Articulo x Julia Bartolini