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Recordar el futuro: Vaporwave, estéticas liminales y la resaca de la utopía digital

x Julia Bartolini

Las promesas tecnoutópicas de los años 90 y los tempranos 00 se convirtieron en pesadillas deformes a gran velocidad, y a veces se sienten como un arrebato violento a la sociedad. El ejemplo más claro es Tron, donde se avizoraba que la “Red” iba a ser un espacio para emanciparse de las viejas instituciones como el estado, las industrias e inclusive los países. Un reino inmaterial donde los límites de la humanidad no te tocan.

John Perry Barlow, un pensador optimista de internet, dijo que cualquiera tenía derecho de acceso a este universo “sin privilegios ni prejuicios basados en la raza o en el poder económico”. Pero años más tarde, y como podemos ver, esto no fue así. No existió ese éxodo masivo a la “Red” sino que el reino digital invadió nuestro mundo físico. En vez de ser un mundo celestial donde íbamos a externalizar nuestras creencias y valores sin temor a la represión, la red nos sepultó en una sobrecarga de información. En lugar de entrar ahí por libertad neurológica, el reino digital se transformó en nuestra prótesis en el mundo real.

Y es que, cuando el ciberespacio prometido colapsó y se convirtió en un hipermercado de algoritmos, lo único que quedó en el aire fue el eco de su propio fracaso. Si el optimismo noventero sonaba a trance eufórico y optimismo tecnológico, la resaca de esa promesa adoptó una forma fantasmal. Es ahí donde aparece el vaporwave, analizado por pensadoras como Valentina Tanni: una arqueología sonora que toma los restos naufragados de esa modernidad digital (música de shopping, publicidades de Windows 95 y baladas lentas de los 80 con mucha distorsión en bucle) para exponer el reverso melancólico del sueño capitalista en red.

El vaporwave es el primer género musical nacido y criado en internet, pero, ¿cómo suena? Se caracteriza por un uso instrumental de la nostalgia y de elementos de la cultura de consumo de los años 80 y 90 (como los gráficos de Windows 95), combinados con colores neón, entornos futuristas y bustos de la antigua Grecia.

El término deriva de “vaporware”, un concepto de la industria informática que describe a aquellos productos de software o hardware que son anunciados con grandes promesas pero que nunca llegan a ser lanzados al mercado. La analogía es muy buena para referenciar aquellas ideas de un futuro deseable que se configuraron con el avance tecnológico entre los 90 y los 2000, pero que finalmente no prosperaron. Como cita Tanni en su obra, bajo esta estética “los recuerdos de la infancia y de la adolescencia temprana se convierten en las ruinas de un futuro que pudimos vislumbrar pero, finalmente, nunca alcanzar: un futuro en el que la tecnología iba a unirnos, mejorar nuestra calidad de vida y hacernos más ricos, pero que, en cambio, nos ha llevado inexorablemente hacia el abismo”.

En la práctica, esto suena como escuchar una cinta de casete derretida. Pioneros como Macintosh Plus (con su disco insignia Floral Shoppe) o Saint Pepsi tomaron smooth jazz, pop de los 80 y muzak corporativo, los estiraron, les bajaron las revoluciones y los saturaron de reverberación. El resultado es extrañamente familiar pero profundamente inquietante: es como caminar de madrugada por las ruinas de un shopping abandonado donde los parlantes siguen pasando la música de fondo que escuchabas de chico, pero ahora vaciada de toda alegría.

De ahí que el corazón del vaporwave sea la nostalgia, pero no una nostalgia sana o confortable, sino una forma de melancolía patológica. Como señala Valentina Tanni al hablar de estas estéticas de la red, no añoramos el pasado tal cual ocurrió, sino las promesas que ese pasado contenía y que hoy sabemos muertas.

“Siempre que alguien me pide que explique qué es el vaporwave, le digo que es como estar recordando el futuro” — Samuel Carmona (comentario de YouTube, 2020).

El vaporwave opera así: toma los desechos de la sociedad de consumo y los transforma en un monumento fúnebre a nuestras propias ilusiones tecnológicas. Nos hace flotar sobre la tumba del futuro que nos prometieron.

En cuanto a la estética gráfica de este género, suelen mezclar elementos contemporáneos —como logos de compañías tecnológicas, anime, paisajes urbanos futuristas, autopistas interminables y sunsets vistos desde edificios corporativos (Frutiger Aero, pero es un tema que da para otro artículo)— con elementos del pasado como bustos griegos o caligrafía tradicional. El fuerte lazo con la estética japonesa se debe al gran desarrollo tecnológico en ese país en las décadas de los 80 y 90. Desde occidente, la cultura popular ubicaba a Japón en un imaginario cyberpunk.

Para terminar, este género, intrínseco de la cultura digital, intenta musicalizar una sensación parecida a la transición de la vigilia al sueño: es un espacio liminal. Donde no sabés si lo que estás viviendo es real o no. El vaporwave fue la puerta de entrada a las tendencias culturales online que giran en torno a los “feels”. Estos contenidos tienen el poder de evocar estados de ánimo específicos, la búsqueda de atmósferas perfectas y sensaciones capaces de provocar viajes mentales (como por ejemplo: late night lofi hip hop, mallsoft, sunsetcorp, etc.).

El vaporwave sigue siendo relevante porque, en cierto sentido, continuamos atrapados en el mismo loop desde el auge tecnológico: es como estar en un shopping rodeados de infinitas formas de entretenimiento, desilusionados por la política, absorbidos por una tecnología que nos invita a un futuro incierto, obsesionados con la estimulación sensorial y nostálgicos de un futuro que nunca pasó.

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